martes, 20 de diciembre de 2016

El estigma de Urd (continuación cap. VIII)


— ¡Nunca se te ocurra dar lo mejor de ti a un canalla! ¡¿Me oyes…?! ¡Nunca! –gritó desesperada. Y al instante, espantada de sí misma–: ¡Perdóname, por favor! ¡Perdóname! –rogó, y tomando asiento con mano temblorosa encendió un cigarrillo–. Créeme, no era mi intención hacerte daño.
—Descuida. Tan sólo habré de llevar los hombros cubiertos durante unos días. Por lo demás, salvo ese nimio detalle me parece que tengo todos los huesos en su sitio –ironizó al tiempo que palpaba la zona agredida.
—Te duele mucho, ¿verdad? De veras lo siento, compañera. Permite que eche un vistazo a tus hombros, por favor.
—Te aseguro que no es para tanto. Pero si eso te hace sentir mejor, adelante –animó, desabotonándose la camisa y dejándose examinar los hombros.
—Soy una bestia –afirmó disgustada Marion.
—No digas eso, por favor. Ni eres una bestia ni hay motivo para disgustarse.
— ¡Vaya si lo hay! Espera... Si mal no recuerdo tengo una pomada que te vendrá de perlas –dijo, precipitándose hacia el botiquín de primeros auxilios–. ¡Aquí está! ¿Me permites...? –y al tiempo que aplicaba el ungüento sobre la zona afectada–: ¿Sientes algún alivio?
—Sí –mintió Frida–. Déjalo ya, Marion. Le estás dando demasiada importancia  –y mascullando entre dientes–. Esperemos que no sea peor el remedio que la enfermedad.
— ¿Por qué va a ser peor...?
—Por nada en particular –y jocosa–: ¿Hace cuántos siglos guardas ese potingue? A juzgar por su aspecto, yo diría que unos cuantos. ¡Menuda piltrafa! Está claro que estás dispuesta a desembarazarte de mí al precio que sea –aseguró riéndose, y con chanza–: ¡Y pensar que estuve a punto de confesarte mi máxima aspiración! ¡Ahora no me atrevería por nada del mundo!
— ¿Sí...? ¡Me muero de curiosidad! –y coreando las risas de Frida–.  ¡Vamos, a qué esperas para confesarte!
— ¿Seguro no me pegarás por ello...? No sé si atreverme a correr el riesgo.
— ¡Suéltalo ya, por favor! ¡Soy toda oídos!
—Está bien, te lo diré: Mi máxima aspiración es amar y ser amada.
— ¿De veras me lo dices...? El amor es abnegación, sacrificio, renuncia, entregar lo mejor de uno mismo sin esperar recompensa alguna... Y ahora dime: ¿Cuántas personas están dispuestas a darlo todo a cambio de nada? ¿Eres tú acaso ese mirlo blanco que está dispuesto a sacrificarlo todo por otra persona? No me digas que sí porque no me lo creo. El amor desinteresado no existe.
—No seas cruel. Me es vital seguir albergando la esperanza de hallar el amor.
— ¿De qué sirve engañarse a uno mismo...?
— ¿Aún no has comprendido que necesito creer en el desprendimiento humano?
— Desengáñate, amiga, el amor tal cual lo entiendes no existe –insistió machacona–. Más bien es el deseo de aferrarse a algo sólido lo que nos invita a confundir necesidad de no sentirse solo con amor.
— ¿En qué se convierte la vida sin amar pues...? ¿Podrías decírmelo tú?
—En dignidad, querida..., en dignidad –respondió con voz solemne–. Entiendo que el “amor” es sinónimo de esclavitud: la esclavitud del espíritu, puesto que anula el pensamiento lógico. Aunque también he de reconocer que no estoy en posesión de la verdad absoluta —y ante la aflicción de Frida–: ¡Se acabó la conversación! No te tortures más, ¿vale? Nunca se sabe lo que nos deparará la existencia.
—Supongo que a mí nada bueno –dijo Frida, enjugándose las lágrimas.
—No estés tan segura de ello. Es posible que el día menos pensado encuentres el amor que tanto deseas. Pero en tanto llega ese día... ¿Aceptarías una sugerencia?
—Por supuesto.
—Debes procurarte una independencia económica. Sólo así no estarás supeditada a un hombre. Al menos no por el hecho de cubrir tus necesidades materiales.
—Me merezco el reproche –dijo, hundiendo la cabeza en el pecho.
—No lo entiendas como tal. Por desgracia, es un mal generalizado. Un mal que aqueja a infinidad de mujeres.

Frida guardó silencio y su mirada adquirió un matiz grave, preocupado.
 
— ¿En qué piensas? –inquirió Marion, escrutando el rostro de la joven.
—De pronto me ha asaltado una angustia irracional.
— ¿Soy la causante de tu desasosiego?
—Para nada. Esto se lo debo a mi estado anímico. Últimamente me suele jugar malas pasadas.
— ¿Seguro que no es debido a mi comportamiento...? Te hice daño...
—Olvídalo. Si he de serte sincera, esto me ocurre... –tragó saliva –. Me ocurre cada vez que pienso en acostarme con desconocidos. Dudo si tendré fuerzas para soportarlo.
—Las tendrás. Sí, siempre y cuando te lo tomes como una transacción comercial.
—Confío en que Dios me ayude a superarlo. Rogaré para que así sea.
—Dios... No me llevo muy bien con Él, ¿sabes? Le he enviado tantas súplicas... Pero nunca he recibido acuse de recibo por su parte. Desconozco si mis peticiones de auxilio han sido interceptadas por Lucifer, o si es que el Divino pasa olímpicamente de mis desdichas.
—Estás muy dolida, querida. Te han infligido un gran daño, ¿verdad?
 
Un rictus de intenso dolor afeó el rostro de Marion.
 
— ¿Te encuentras bien, Marion...?
—Me encuentro perfectamente. Mejor que nunca –dijo con sequedad. Y orgullosa, elevando la barbilla–: ¿Por qué razón habría de estar mal?
—Si necesitas descargar tus congojas... Aquí me tienes.
—No, gracias. Me resulta incómodo poner al descubierto mi intimidad –respondió con acritud. Y al instante, mordiéndose los labios–: Quizá algún día... –dejó la frase en el aire y se friccionó el cuero cabelludo, como si el masaje contribuyese a ahuyentar los ingratos recuerdos. Poco después argumentó una excusa y se fue del hotel.
 
Días más tarde efectuaron el traslado. Marion se ocupó de insertar anuncios por doquier. Y la llegada de clientes no se hizo esperar.
 
© María José Rubiera

 
 

 
 
 

 

 

 

   

 

 

 

viernes, 2 de diciembre de 2016

El estigma de Urd (cap. VIII)


Al día siguiente comenzaron los preparativos del que no sólo sería su domicilio sino también la sede de su actividad laboral.
Si bien Marion contaba en su haber cinco años más que Frida, su grado de madurez sobrepasaba al de ésta con creces. Organizadora nata se apresuró a diseñar un programa de actividades que las mantendría ocupadas durante algún tiempo. De tal suerte, destinó las mañanas a supervisar el trabajo de los decoradores. Las tardes a aleccionar a Frida sobre aquello que le era imprescindible asimilar para ejercer como meretriz. Sostenía que existían una serie de preceptos aplicables a las cortesanas del amor (evitaba siempre utilizar la palabra “puta”, por estimarla vulgar). Y obrando en consecuencia se encargó de proporcionarle literatura encaminada a tal fin, de la que extraer información preciosa. Una extensa serie de autores versados en erotismo pasaron a compartir la intimidad de la neófita. En comparación con aquellos tratados erótico-pornográficos, la experiencia de que disponía resultaba pobre en matices lascivos, de modo que cada palabra, cada frase, cada verso equivalían a un manual a seguir.

—No tenía ni idea de que existiera tanta literatura sobre el arte de seducir –manifestó una de aquellas tardes.
—Ya… Supongo. ¿Has reparado en que toda obra erótico-pornográfica se basa en teorías estrictamente masculinas, y por ende estructuradas en beneficio del hombre? Me enfurece pensar que hemos sido supeditadas al dominio del macho. ¿No consideras denigrante que llevemos siempre las de perder? Hasta en la Biblia han tenido la osadía de ponernos a la altura del betún. Así se explica que Eva fuese considerada “paradigma de la ninfomanía”. Pero claro está, a ellos les ha venido de perlas ya que amparándose en esa falacia han tenido la excusa perfecta para rebajarnos hasta la saciedad, dando rienda suelta a sus instintos más primitivos.
—Eres terrible, Marion. No pierdes ocasión para detractar a los hombres.
— ¿Acaso es de extrañar…? Desde que el macho es macho no ha pensado otra cosa que no fuese en dominar a las féminas que se le pongan por delante. Por cierto: ¿Sabes quién fue el primer machista datado como tal en la Noche de los Tiempos?
—No tengo ni idea.
—Adán.
— ¿Adán...? Bromeas, ¿no?
—En absoluto. ¿Me ves cara de estar bromeando?
—Instrúyeme pues.
—Según crónicas arcaicas, mucho antes de conocer a la consabida Eva, el Adán en cuestión tomó por la fuerza a Lilith, la cual negándose a ser sometida se rebeló y huyó a la Región del Aire. Por lo cual el susodicho, temiendo se pusiera en tela de juicio su supremacía de macho, hizo correr el rumor de que la rebelde no era sino un súcubo que lo sedujera. Es por lo mismo que en la actualidad se la conoce como madre de gigantes y demonios. ¡Pobre Lilith…! A mi entender era más celeste que terrena, por lo que cabe suponer abominaba el sexo forzado. De ahí se explica que huyera a la región en que prima el idealismo.
—Curiosa historia. Aunque albergo la impresión de que la has amañado a conveniencia –dijo Frida, lanzando una carcajada–. ¡Me estás resultando una feminista radical, Marion!
—Te equivocas. Me resbala el movimiento feminista –afirmó encendiendo un cigarrillo–. Es una cruzada que nunca alcanzará el éxito, puesto que la mujer es la peor enemiga de la mujer. ¿Por qué crees si no que los hombres viven tan relajados? Son sabedores de que jamás dejará de haber mujeres machistas, y que gracias a ellas la batalla feminista perdida está de antemano. En fin… Allá cada cual con sus problemas –dijo encogiéndose de hombros, y aplastando el cigarrillo en el cenicero–: Sigamos con el tema que nos ocupa. ¿Por dónde íbamos…? ¡Ah, sí..! Lo habíamos dejado en la literatura erótica. Para serte sincera creo que no es la teoría la que debe preocuparte, sino la práctica.
—Sí, supongo que eso se me hará más peliagudo. ¿Has ejercido alguna vez de…? –interrumpió la frase, buscando el sinónimo que evitara herir la sensibilidad de su amiga.
— ¿Mujer pública? –respondió Marion, redondeando la pregunta inconclusa–. No. Pero puedo jurarte que saldré airosa de la prueba. A fuerza de beber en manantial enlodado, de tener el orgullo maltrecho y la autoestima perdida he adquirido experiencia. Para librar lid con el diablo es menester convertirse en diablo –afirmó rotunda, y Frida se abstuvo de preguntarle el porqué de la aseveración.
 
Marion se quedó absorta, la mirada perdida en un punto imaginario. De pronto, dando rienda suelta a un impulso clavó las uñas en los hombros de Frida, y comenzó a zarandearla.

Continuará...
 
© María José Rubiera
 

 
 



 

 
 
 
 
 
 



 

 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 



 
 
 





 
 

viernes, 4 de noviembre de 2016

El estigma de Urd (cap. VII)

Oscurecía cuando Marion regresó al hotel.
 
— ¡Oh, cielos...! –exclamó al ver el rostro desencajado de Frida–  ¿Te encuentras bien? ¿Has almorzado?  –la joven negó con un gesto– Te pediré algo de comer.  Mientras, te levantas y te das una ducha, ¿sí? –propuso.
Minutos más tarde Frida mordisqueaba con desgana un sandwich.
—Hazte un favor a ti misma y recobra el ánimo, ¿quieres?
—Lo intentaré, Marion. Gracias por ser tan bondadosa conmigo –agradeció con voz ronca.
—De bondadosa nada, querida, sólo estoy protegiendo mi inversión. Soy como la bruja del cuento: te alimento con vistas a alimentarme. De continuar sin ingerir bocado se te verá tan flaca como un palillo. A los hombres les gustan llenitas, ¿sabes?
—No podré realizar el trabajo que me has propuesto.
—Sí podrás, nenita. Verás que sí.
—No. Me conozco y sé que no soportaré intimar con hombre alguno por dinero. Sólo por amor me entregaré a un hombre.
—Menuda paparrucha. ¿Por qué será que “amor” me suena a sinónimo de supeditación...? –y reanudando el tema–: Te aseguro que en cuanto te acostumbres no querrás dedicarte a otro oficio. Es cómodo y se gana cantidad de dinero.
—El dinero no lo es todo en la vida.
—Es posible, pero ayuda a sobrellevar esta penosa existencia. Convendrás conmigo en que pobreza y lágrimas son malas consejeras para la salud ¿no? Te sugiero sitúes los pies sobre la tierra, amiga mía.
— ¡Uf...! El simple hecho de pensar en prostituirme me provoca náuseas.
—Ya... Comprendo... A mí también me asqueaba... Al principio... Hoy por hoy... –y entornando los párpados, audible apenas la voz– Soy una digna obra de las circunstancias. –aseguró ensimismada, y acto seguido añadió–: En realidad, querida, ¿acaso importa un hombre u otro? Todos son iguales. Lo único que buscan es satisfacer sus libidinosos apetitos. Sexo, sexo, sexo...  Y más que sexo, a poder ser.
—Disiento. No todos los hombres son iguales, así como tampoco lo somos las mujeres.
—Todos son despreciables, misóginos si me apuras. No veas hasta qué punto envidian nuestra cualidad femenina.
— ¿Por qué habrían de sentir envidia si gozan de privilegios que las mujeres difícilmente llegaremos a obtener?
—Porque les mueve el deseo inconsciente de arrebatarnos lo que la Naturaleza les ha negado: Preñarse y experimentar el milagro de la maternidad. Por eso y por más detalles que me reservo los estimo corrompidos –y conteniendo la rabia que afloraba a sus labios–: Se merecen ser humillados hasta lo indecible. Haremos que se arrastren a nuestros pies.
—Yo paso de degradarme como persona, Marion. Lo siento.
—Es tu decisión, la cual respeto. Pero date un margen de tiempo para pensarlo. Sólo has de asumir que el amor carnal bajo ningún concepto es amor tal como tú lo entiendes sino un negocio en venta, que siempre es susceptible de venderse al mejor postor. En fin, ¿Qué te parece si lo dejamos pendiente de solución y nos vamos de farándula? ¿Te seduce la idea de ponerte guapa y salir a conquistar la ciudad...? ¡La noche es joven! Comenzaremos por regalarnos un espléndida cena, y luego ¡quién sabe!, tal vez nos vayamos a bailar.
—No puedo permitirme ese gasto, Marion. Lo sabes.
—Invita la casa, así que no te preocupes. Me ducho y paso a recogerte, ¿de acuerdo?
—No tengo deseo alguno de salir.
—Pues no pienso dejarte aquí sola, de modo que procura hacer un esfuerzo. Reservaré mesa en un restaurante elegante, por lo que estarás obligada a lucir de lo más chic. Tómate todo el tiempo que necesites para acicalarte, pero sin demorarte en exceso. ¡Y alegra esa cara tan divina que tienes! Hasta dentro de un rato, pues –prometió, cerrando tras de sí la puerta. Sus pasos resonando en el pasillo fueron fiel exponente de la seguridad que se desprendía de toda su persona.
Frida se quedó pensando que para ella la noche en absoluto significaba diversión, sino el desencadenamiento de un sinnúmero de temores. Necesitaba relajarse y pensar en la propuesta de Marion. Se dirigió al baño y se miró al espejo: estaba echa un asco. Echó unas sales en la bañera, la llenó de agua hasta el borde y se dejó mimar por las cálidas burbujas.
¿Qué hacer de no decidirse por la proposición de Marion? Únicamente le quedaban dos vías a seguir: regresar al domicilio conyugal y afrontar con entereza los inconvenientes que le fuesen surgiendo, o dedicarse a mendigar. En el supuesto de optar por el regreso, ¿cuántos reproches tendría que soportar a lo largo del día? Entre el esposo y ella siempre habría un antes y un después y nunca la relación volvería a ser normal, si es que “normal” resultaba la palabra adecuada para definir el distanciamiento que desde tiempo ha se instalara entre ambos. Él siempre la miraría receloso, puesto que con toda probabilidad algún alma “caritativa” se habría molestado en convencerlo de la infidelidad de su esposa. Incluso su propia madre debía albergar dudas al respecto, si no, a santo de qué le había preguntado: “¿Estás sola, o...?” Decididamente, jamás retornaría al que fuese su hogar. Pero claro está, descartado el retorno sólo le quedaba mendigar o ejercer la prostitución. ¿Le había merecido la pena arrostrar numerosas penalidades para al final caer tan bajo? La vida la estaba golpeando sin piedad.

Transcurrida una hora, Marion apareció radiante. El tono crudo de su vestido armonizaba a la perfección con su cabellera pelirroja y el color presado –verde como trigo inmaduro– de sus ojos. Era una belleza, aunque a decir verdad era más resultona que bella: estatura media, figura estilizada, mentón redondo, labios carnosos, nariz respingona...  Pero es posible que su mayor encanto residiera en las pecas que diseminadas por sus pómulos le conferían un aire de deliciosa malicia.
 
— ¡Se te ve bellísima, Frida! ¡Pareces una princesita de cuento! –exclamó admirada.
— ¡Gracias! Tú también estás muy bella.
— ¡Muchas gracias! Te aseguro que hago lo imposible por resaltar mis encantos. Que sepas que recién levantada de la cama soy una birria – y ante el gesto incrédulo de Frida–: ¿No te lo crees...? Te convencerás de ello cuando vivamos juntas. Bien, ¿a qué esperamos para irnos a cenar?

Frida se sorprendió de lo bien que se lo estaba pasando en compañía de Marion: conversadora brillante, no había tema que se le resistiera.
— ¿Has pensado en lo que hemos hablado? –preguntó llegada la sobremesa, y ante la afirmación de Frida –. ¿Qué has decidido hacer?
—Estoy dudosa. De aceptar tu propuesta, no te garantizo que pueda llevar a la práctica... Ya sabes.
—No importa. Se anula el contrato y tan amigas.
—En ese caso, cuenta conmigo.
—¡Bien!
—Es alucinante: En momento alguno se me había pasado por la imaginación prostituirme. Yo, que soñaba realizarme como persona, gozando de absoluta libertad...
—Un sueño utópico, diría yo. ¿No ves que los fantasmas que pueblan nuestro cerebro nos coartan la libertad? Entes dicotómicos, nos encarcelan de por vida. ¿Pensaste que por el hecho de abandonar a tus congéneres gozarías de libertad? –y sonriendo con escepticismo sentenció–: Da lo mismo adónde decidas huir, pues en lo profundo del ser seguirás siendo prisionera de tu pasado. ¿Alguna vez has oído hablar de Urd? –y ante la negación de Frida–: En la mitología escandinava, la deidad Urd simboliza el pasado, lo cual me lleva a suponer que a los humanos nos ha sido impuesto vivir bajo su yugo estigmatizador. No pocas veces me he preguntado si en verdad el fratricida Caín fue estigmatizado por Dios, o le tocó vérselas con las malévolas artes de Urd.
— ¡Eres tremenda, Marion! –aplaudió Frida, riendo la ocurrencia–. En fin, tal vez la libertad no sea sino una utopía. Pero aun a sabiendas del riesgo que implica, estoy dispuesta a no cejar en el empeño de ser libre.
—Haces bien. Después de todo, de los cobardes no se hizo la historia –y escrutando el juvenil rostro –: ¿Me perdonarás si te digo que tu perfil no se ajusta al de una mujer independiente? No te imagino yendo sola por la vida. Se te ve tan frágil...  –y restando importancia a sus palabras–: ¡Bah, no me hagas ni puñetero caso! –Marion continúo parloteando acerca del negocio, de lo que había proyectado para hacerlo rentable.
Frida la escuchaba hablar, en silencio, preguntándose si tendría estómago para prostituirse. Reprimió un sollozo: le sabía mal aguarle la fiesta a Marion. Su corazón aminoró los latidos y sintió que le flaqueaban las fuerzas, como si la vida se le escapara hecha jirones.
 
© María José Rubiera
 

  
 
 

 

 

jueves, 15 de septiembre de 2016

El estigma de Urd (cap. VI)

Frida no reaccionó hasta pasados unos minutos. Luego, enderezando el talle con extrema lentitud situó los pies sobre el enlosado.
— ¿Podrías darme fuego, por favor? –preguntó una vez más la desconocida. Temblando como una azogada, Frida le pasó el mechero.
—Gracias, me acabas de salvar la vida. Me alegro de conocerte –y extendiendo la mano–: Soy Marion.
—Frida.
—Hermoso nombre. ¿Hace cuánto te hospedas en el hotel?
—Desde hace poco –respondió lacónica.
— ¿Te apetece un cigarrillo? –y tendiéndole la pitillera–: ¿Sabes?, me es grato fumar en compañía. ¿Te importaría si me paso por tus dominios un momento? –preguntó. Frida consintió con un gesto, y segundos después Marion irrumpía en la habitación.
—Me he permitido traer un quitapenas –dijo, señalando una botella de ron.
—No, gracias. Me asquean las bebidas alcohólicas.
—Sólo un sorbito –insistió–. Verás qué bien te sienta. Estás muy pálida, ¿sabes? Das en azul, nenita, y es un color que en absoluto te favorece.
Frida se tomó un par de tragos, y en su rostro se marcó un rictus de repulsión. Instantes después una estúpida sonrisa afloraba a sus labios.
— ¿Lo ves…? ¿Verdad que te sientes feliz? Pues imagínate cómo te sentirás cuando hayamos apurado el contenido de la botella. Tengo una idea: ¿Qué tal si te acuestas? De ese modo, cuando sucumbas a los efectos de la bebida me ahorrarás el esfuerzo de tener que acostarte. ¡Hala! ¡A la cama se ha dicho! –ordenó, y Frida se dejó conducir con docilidad.
Despuntado el amanecer ambas presentaban un estado deplorable. Marion, que se había pasado la noche tirada en un sillón, daba vueltas por el dormitorio, sosteniendo la cabeza entre las manos: una insufrible jaqueca le martirizaba las sienes. Desmadejada y ojerosa Frida permanecía acostada.
— ¡Qué bárbaro! ¡Tal me parece tener una jaula de grillos en la cabeza! –se lamentó Marion – ¡Hacía tiempo que no pillaba un “pedo” tan monumental! Tú, ¿cómo estás? Está claro que no muy bien. ¡Pobrecilla! ¿Podrás perdonarme por inducirte a beber…?
—Lo cierto es que me encuentro fatal. Pero en absoluto tienes la culpa. Soy mayorcita para asumir culpabilidades, ¿no crees?
—Sí, por supuesto –afirmó Marion, al tiempo que encendía un cigarrillo. Y mostrándole la cajetilla de tabaco–: ¿Quieres…? –ante el gesto afirmativo de Frida le pasó el cigarrillo que acababa de encender. Encendió otro para ella y atusando los rizos que le invadían la frente se acomodó a los pies de la cama. Un tenso silencio se estableció entre ambas. Permanecieron silenciosas hasta que Marion, revolviéndose inquieta, manifestó.
—No es que sea mi intención inmiscuirme en tus asuntos. No obstante… ¡Uf! ¡No veas el susto que me llevé anoche!–exclamó, y estremeciéndose–. ¡Qué fuerte! ¡No sabía cómo hacerte desistir de…! Reconozco que la vida se nos hace dificultosa a veces. Pero, ¿y la muerte...? Nadie ha regresado para dar cuenta de lo que nos espera en el más allá.
— No veo la solución a mis problemas, Marion –y estallando en sollozos–. ¡Estoy desesperada!
—Cálmate, nenita. Si me cuentas qué te atormenta quizá entre las dos podamos solucionarlo –consoló, abrazándola. Y espiando el  rostro lloroso–: ¿Ha sido algún cretino el que te ha conducido a este estado? Si es así, no te merece. Olvídate de su existencia.
—No, no... En realidad yo me he buscado esta situación. He abandonado a mi esposo... –y como si hablara consigo misma añadió–: Se me hacía tan asfixiante la convivencia...  Cada minuto que pasaba en su compañía me suponía un terrible sacrificio. Era... como morir un poco cada vez –y enjugando las lágrimas–: Sin embargo... lo añoro cada día.
—Tiendes a idealizar vivencias pasadas, eso es todo. El recuerdo es pérfido, Frida. No te atormentes –aconsejó.
  ¿Cómo no atormentarme...? ¿Sabes?, me urge encontrar trabajo, pero no hay manera de encontrarlo.
¿Has probado suerte en el centro comercial?
—He probado suerte en todos los sitios habidos y por haber.
—Yo sé de un empleo. Aunque... quizá no te interese.
—Te aseguro que no le haré ascos, por muy esforzado que me resulte.
—Te comento, entonces: Estoy en vías de montar un negocio y necesito formar sociedad con alguien. Me pregunto si serás la persona que andaba buscando.
 Te lo agradezco, pero no soy la persona idónea. Mi cuenta bancaria está en números rojos.
—No necesitas aportar capital ahora mismo. Te ofrezco la opción de irlo aportando a medida que te vayas haciendo con ingresos. Considéralo un préstamo, que por supuesto estará exento de intereses.
—No sé qué decir... Me he quedado sin palabras.
—Por mí está hecho. Ahora sólo depende de ti.
—Estás logrando que empiece a ver la luz al final del túnel. Mil gracias, Marion.
—No... No quiero que veas en mí a tu hada madrina. Primero deja que te explique en qué consiste el negocio.
  Soy toda oídos.
 Verás... –Marion carraspeó, luego encendió un cigarrillo y sin más preámbulos–: Se trata de un piso de citas.
   ¡Dios me ampare!
   ¿Te he asustado?
 No. Sólo que no me imagino desempeñando semejante labor.
   ¡Ah! ¿No...? ¿Se puede saber cuántos años has estado casada, nenita?
 Diez –respondió Frida, desviando la mirada.
 Si bien un tanto indiscreta la pregunta: ¿Podrías decirme cuántas veces lo has hecho con tu esposo a lo largo de esos diez años? ¿Cuántas, Frida...? ¿Has perdido la cuenta? No hace falta que me respondas si no te apetece.
 No es lo mismo. Aunque te resulte difícil creerlo, me casé enamorada.
   ¿Sí? ¿Cuánto te duró el enamoramiento? ¿Dos, tres años tal vez...?
No podría precisarlo con exactitud.
   ¿De veras? Apostaría que no te duró mucho más. Seamos sinceras, por favor. Has aguantado todo ese tiempo a tu marido no porque estuvieses enamorada sino por pura cobardía. Corrígeme si me equivoco.
Se produjo un embarazoso silencio.
—Está bien... Dejémoslo estar –concedió Marion, consciente de que había puesto el dedo en la llaga–. Ahora debo dejarte. He quedado con el empleado de la inmobiliaria y si me es factible hoy mismo daré por ultimados los trámites del alquiler del piso. Entretanto te sugiero pienses con detenimiento en mi propuesta. No es tan desagradable como te imaginas. Recuerda: poca o ninguna diferencia existe entre la prostituta y la mujer  que se entrega al marido sin amarlo. Podría decirse que ambas se prostituyen.

Marion salió del dormitorio con paso firme. Frida hundió la cabeza en la almohada y ahogó los sollozos en ella.

© María José Rubiera





jueves, 25 de agosto de 2016

El estigma de Urd (cap. V)

En las postrimerías de una desapacible tarde, Frida, derrotada y maltrecha, buscaba acomodo en uno de los bancos del paseo marítimo.
El sol de noviembre matizaba de ocre la ciudad. El nordeste soplaba iracundo, zarandeando sin piedad las barquillas fondeadas en el embarcadero. A intervalos las sirenas de los buques anclados en el puerto emitían lúgubres sonidos. El eco transportaba una melodía de moda, proveniente de algún disco-bar. Enfrascada en sus pensamientos, Frida permanecía ajena a todo cuanto no fuese su preocupación: a no tardar se vería abocada a mendigar limosna. Unas lágrimas le velaron los ojos, y si bien reacia a darles rienda suelta resbalaron por sus mejillas. Abatiendo las pestañas encendió un cigarrillo y aspiró el humo con avidez. El roce de una mano sobre su hombro motivó que abriera los ojos y elevara la mirada: una señora entrada en años le ofrecía un ramito de florecillas silvestres: “Son para usted, querida. Se la ve tan sola y  triste… ¡Pobrecilla! Yo, por el contrario, en breves momentos estaré disfrutando del baile…”, dijo, y sus palabras sonaban a excusa, como si por el mero hecho de sentirse feliz se hiciese imperativo pedir disculpas a la afligida joven. Luego de dedicarle una sonrisa cargada de ternura la señora se fue en compañía de otras señoras que a escasa distancia la aguardaban. Frida las vio irse, sin que sintiera deseo alguno de irse a su vez.
Languidecido el crepúsculo continuaba sentada en el banco de madera, manoseando distraída las florecillas, la mirada perdida en el horizonte. Y allí permaneció estática, viendo cómo la noche hacía su aparición y la luna destellaba sobre el mar. Cuando al fin regresó al hotel se dio una ducha y tumbada ya sobre la cama siguió pensando en la aterradora realidad: se veía abocada a la indigencia. Con tan nefasto pensamiento se fue quedando dormida. Apenas transcurridos unos minutos se despertó temblando: estaba aterida de frío y no obstante tenía la piel empapada de sudor. Se hincó de rodillas sobre el lecho y estrechándose en un abrazo protector comenzó a mecerse hacia atrás y hacia delante, con movimientos acompasados al principio y desmesurados a medida que su cuerpo oscilaba con exagerada rapidez.
Transcurrida una hora continuaba meciéndose, a la par que emitía susurros ininteligibles. De pronto sus febriles labios enmudecieron y cesando su desquiciado vaivén aguzó el oído: no estaba sola. En el dormitorio se intuía la presencia de un ser intangible y la energía que irradiaba era beneficiosa. Sí, lo era. Una débil sonrisa afloró en sus resecos labios. Esperanzada encendió una lamparilla, pero la luz propició que se rompiera el sortilegio y la supuesta presencia perdiera conexión con los sentidos extrasensoriales.
¿Qué había ocurrido? ¿Había sido víctima de una alucinación? Sin duda estaba a punto de desquiciarse. Comenzó a sentir que le faltaba el oxígeno y saltando del lecho con paso felino se deslizó hacia el balcón. Respiró profundamente y la brisa nocturna entró a raudales en sus pulmones. Se estaba bien allí: desde aquella altura se divisaba al completo la ciudad. La débil claridad de las farolas apenas si llegaba a perfilar las formas de los edificios. El océano aparentaba no estar tan límpido como horas antes. El firmamento se había tornado tenebroso y la oscuridad confería propiedades lodosas a las aguas. La ciudad dormía y las pasiones, dándose una tregua hasta el amanecer, se conciliaban con el silencio. Siguió con la mirada la denodada lucha de una constelación que pugnaba por abrirse paso entre los nubarrones. ¡Oh, el Universo...! ¡Cuán grandioso y espectacular! ¡Qué bello habitar en un mundo poblado de estrellas! En cierta ocasión había leído algo respecto a la similitud de los seres humanos con los astros. El autor del ensayo sostenía que no somos sino pálidos reflejos del mundo interestelar, símiles de supernovas que se extinguen apenas alcanzado el máximo esplendor. Que trasladado el tiempo terrestre al tiempo intergaláctico la vida humana se reduce a un brevísimo instante, a un pestañeo... a un quark. ¿Sería la muerte un pasaporte con que acceder al Infinito? ¿Una vez hubiese fallecido habría allí arriba un espacio reservado para ella? Quiso imaginar que lo habría, y se dijo: “¿Por qué no, entonces...?”
La mirada de Frida se perdió en el vacío. La negrura del asfalto actuaba sobre ella con perniciosa atracción. Se inclinó sobre la baranda, hasta casi rozar con las yemas de los dedos la enrejada base: unos dieciocho metros la separaban de la liberación. “¡Vamos... A qué esperas! ¡No seas cobarde!”, exclamó una luciferina voz en el interior de su cabeza. Se inclinó un poco más: sus pies descalzos dejaron de sentir la frialdad de las baldosas. El aire otoñal le agitó la melena y se dijo que en cuestión de segundos todo habría terminado. La imagen del padre se le vino a la mente y le pareció verlo esbozar una sonrisa de agrado, como si aprobase lo que la hija se disponía a realizar. “Papá querido, por fin, después de tantos años, se me ofrece la oportunidad de estar a tu vera. Te suplico vengas a mi encuentro y me guíes hacia la luz”, suplicó, persignándose.
Justo en el instante en que Frida se disponía a saltar al vacío, una voz proveniente del balcón contiguo preguntó:
— ¿Tendrás fuego, por casualidad? Perdona la molestia, pero tengo un “mono” de tabaco que no veas y no sé dónde he dejado el mechero... ¡Soy un verdadero desastre!

© María José rubiera



















 

miércoles, 17 de agosto de 2016

El estigma de Urd (continuación cap. IV)

La ansiedad comenzaba a minar la entereza de Frida.
Los días se sucedían implacables y apenas si le quedaba dinero con que hacer frente a la factura del hotel y demás necesidades. De continuar sin trabajo se vería forzada a implorar ayuda a su progenitora. Desde que abandonara el hogar no había vuelto a hablar con ella. En numerosas ocasiones había llegado a marcar el número de la casa materna, pero sin dar margen a que nadie diera respuesta a su llamada se había apresurado a cortar la comunicación: su amor propio le impedía reconocer que era incapaz de valerse por sí sola.
Aquel día, a primera hora de la mañana, doblegando su orgullo estableció comunicación con la añorada madre: al instante su destemplada voz le dejó claro que se había posicionado a favor del abandonado consorte: “¿Te parece correcto tu proceder, Frida? ¿Por qué lo has hecho? ¡¿Por qué...?!, le espetó desabrida. Y sin esperar respuesta: ¿Dónde estás? ¿Estás sola, o...?, preguntó suspicaz, dejando en suspenso el resto de la frase. ¡Te ordeno regreses a casa de inmediato. Si no regresas, puedes considerar que dejaré de reconocerte como hija mía! ¡Pobre marido! ¡Un hombre tan honesto y trabajador...!” Por espacio de varios minutos continuó atosigándola con sus reproches. Hasta que Frida, que aguantaba el chaparrón en silencio, no pudo más y dejándola con la palabra en la boca colgó el auricular, a sabiendas que no sólo cortaba la comunicación telefónica sino también el endeble vínculo que aún la unía a sus seres queridos.
Esa misma noche, Frida rememoró las palabras de la autora de sus días. Ni siquiera le había dado oportunidad de exponer las motivaciones que la condujeron a abandonar el hogar. Pero de haber ocurrido lo contrario, ella, tan aferrada al rol de sumisión y respeto al marido, adjudicado a la mujer desde tiempos ancestrales, ¿hubiera podido comprender que la relación marital no sólo puede basarse en el lema “trabajo y honestidad”, cualidades que si bien dignas de encomio resultan insuficientes para alentar la mutua ilusión de la pareja? ¿Comprendería que cuando la lujuria toma las riendas de una relación la magia del amor se desvanece? ¿Comprendería que el hogar para ella había llegado a ser una cárcel sin ventanas al exterior, en la cual se consumía? ¿Comprendería acaso que su existencia se asemejaba cada vez más a un encefalograma plano...? Igual sí. Resultaba curioso: hasta ese preciso instante nunca se había detenido a considerar si en aras de la familia su progenitora había domeñado sus pasiones. Jamás se la había imaginado ocultando instintos desaforados. Había dado por sentado que la casa era su sitio, como si en ella hubiera sido enraizada y en ella hubiera de permanecer por siempre jamás, entendiendo como algo natural e indiscutible su aquiescencia a los imperativos maternales.
Los recuerdos sentaron cátedra en la mente de Frida.
Era una mocosa cuando la paz hogareña se vio truncada por un luctuoso suceso: el fallecimiento repentino del esposo y padre. La pequeña, testigo directo de la conmoción que tuvo lugar a su alrededor, se vio inmersa en la desolación de familiares y amigos que les prestaban apoyo y consuelo.
Celebrados los funerales de corpore insepulto, la comitiva fúnebre se dirigió al cementerio para dar cristiana sepultura al fallecido. El sacerdote y los presentes rogaron por el alma del finado. Y allí se quedaron los restos del padre que no tendría la satisfacción de verla crecer al amparo de su paternidad. Días más tarde visitaría de nuevo el camposanto, aferrada a la mano de una enlutada madre que le rogaría se postrase de hinojos y rezase por el alma del ser querido. El aciago acontecimiento permanecía indeleble en su memoria. Pero lo que más profunda huella le había dejado era la monumental losa esculpida en mármol blanco, que a su humilde entender imposibilitaba la libertad del espíritu. Repudiaba la inhumación y se erigía en ferviente defensora de la cremación. Pensaba que no en vano el fuego tiene connotaciones mágicas, y puesto que las cenizas resultantes de la cremación son esparcidas por el aire y el aire simboliza la libertad, ¿qué mejor manera de liberar el aprisionado espíritu?
“Lapis albus... Opresión marmórea sobre la cual litografiada con caracteres invisibles reza la siguiente advertencia: ¡Oh hombre, multiplicidad de células primigenias, que tu alma se pudra lentamente en el interior de ese foso profundo y negro llamado Nada! Polvo al polvo... ¡No olvides que incluso después de acontecido el exitus seguirás expiando la penitencia que te ha sido impuesta en vida! ¡Ah, no, jamás se te permitirá desprenderte de los sofismas que adquiriendo cualidad de axiomas elevaron a paradigmático rango a sus emisores, como si éstos estuvieran por encima de las miserias humanas, como si en la masa de su cerebro nunca hubieran anidado pensamientos pecaminosos! ¡Como si lo tóxico no intoxicara a todos los hombres por igual! El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. ¡Recuerda: Así como te ha sido negada la libertad de pensamiento durante tu estancia en la Tierra, así te será negada la libertad del espíritu! Por los siglos de los siglos... Amén.”
Su progenitora se había ocupado de que fuese creciendo sin que se le olvidara ni un solo rasgo de su progenitor. Y Frida se sentía agradecida por ello: imaginándolo a su vera le había hecho partícipe de su acontecer infantil, de su adolescencia y años más tarde de sus inquietudes de mujer. Respecto a la madre, ¿por qué nunca se había dejado acompañar por otro hombre? ¿Por no profanar la memoria del amado, tal vez, o porque descontenta con la relación con una sola experiencia había tenido más que suficiente?

© María José Rubiera
 
 

jueves, 11 de agosto de 2016

El estigma de Urd (cap. IV)

Al filo de la amanecida, el convoy recalaba en la metrópoli costeña.

Los viajeros, arremolinados ya en la plataforma, se apearon del tren. Frida fue la última en apearse y tomar contacto con el exterior. Un escalofrío recorrió su espina dorsal: la mañana se presentaba gélida. El aire  azotaba el ramaje de los árboles. El frío, inusual para aquella época del año, le traspasaba la vestimenta. Vio que el tren era engullido por la lejanía y sintió deseos de llorar. De un manotazo se secó los furtivos lagrimones que afloraron en sus pestañas. “Nada de lloros. Lo hecho, hecho está y es irreversible. Es hora de despedirse del pasado y darle la bienvenida al futuro”, se dijo. Resolvió tomar un taxi que la condujera al hotel más próximo. La recepcionista le recomendó una suite en la séptima planta y ella asintió con la cabeza. Una vez se hubo instalado, se dio una ducha. Luego se tumbó sobre el lecho y se arropó con el edredón: estaba aterida. Horas más tarde se enfundó un vestido y se fue directa a la cafetería. Ingirió un fortísimo café y se fumó un par de cigarrillos. Recobrado ya el estímulo, se sintió con fuerzas para abordar la populosa urbe. Salió a la calle y se sumó a la vorágine humana.
A partir de ese primer encuentro con la ciudad, Frida dedicó las mañanas a pasearse y frecuentar tiendas, en las que dejaba parte de su exiguo capital: compraba de forma compulsiva, actuando no como quien está al borde de la ruina sino cual turista acaudalada. Las tardes se las pasaba tirada en el lecho, sin otra aspiración que dejar la mente en blanco y gozar de la morbosa placidez de ver extinguirse las horas. Algunas veces se permitía recordarse que la estancia en el hotel le generaba un gasto al que en modo alguno podía hacer frente. Sin embargo no hizo amago de buscarse otro alojamiento, más en acorde con su esquilmado bolsillo.
Al cabo de un par de semanas tomó conciencia de que le urgía encontrar trabajo. Aunque lo tenía difícil: su progenitora la había educado para ser esposa, madre y por encima de todo señora mantenida. Careciendo de titulación que la acreditara cualificada para desempeñar una labor meritoria, sólo le quedaba la alternativa de emplearse como doméstica.
En vano peregrinó de casa en casa. Sus pretensiones de empleada de hogar se trocaron en frustraciones. De cuando en cuando su empeño en encontrar empleo se veía recompensado con promesas alentadoras, tras las que claramente subyacían proposiciones deshonestas: estaba dotada de una carga erótica que la hacía ser constante objeto de deseo. Poseía la sibilina cualidad de despertar ese instinto de cazador, inherente a todo macho, debido al cual la presa –"ser inferior"– se presta a ser abatida, disecada y colgada como trofeo, o bien domesticada y utilizada para goce personal.
Continuará...
© María José Rubiera
 

 
 
 

El estigma de Urd (cap. IV)

Al filo de la amanecida, el convoy recalaba en la metrópoli costeña.

Los viajeros, arremolinados ya en la plataforma, se apearon del tren. Frida fue la última en apearse y tomar contacto con el exterior. Un escalofrío recorrió su espina dorsal: la mañana se presentaba gélida. El aire  azotaba el ramaje de los árboles. El frío, inusual para aquella época del año, le traspasaba la vestimenta. Vio que el tren era engullido por la lejanía y sintió deseos de llorar. De un manotazo se secó los furtivos lagrimones que afloraron en sus pestañas. “Nada de lloros. Lo hecho, hecho está y es irreversible. Es hora de despedirse del pasado y darle la bienvenida al futuro”, se dijo. Resolvió tomar un taxi que la condujera al hotel más próximo. La recepcionista le recomendó una suite en la séptima planta y ella asintió con la cabeza. Una vez se hubo instalado, se dio una ducha. Luego se tumbó sobre el lecho y se arropó con el edredón: estaba aterida. Horas más tarde se enfundó un vestido y se fue directa a la cafetería. Ingirió un fortísimo café y se fumó un par de cigarrillos. Recobrado ya el estímulo, se sintió con fuerzas para abordar la populosa urbe. Salió a la calle y se sumó a la vorágine humana.
A partir de ese primer encuentro con la ciudad, Frida dedicó las mañanas a pasearse y frecuentar tiendas, en las que dejaba parte de su exiguo capital: compraba de forma compulsiva, actuando no como quien está al borde de la ruina sino cual turista acaudalada. Las tardes se las pasaba tirada en el lecho, sin otra aspiración que dejar la mente en blanco y gozar de la morbosa placidez de ver extinguirse las horas. Algunas veces se permitía recordarse que la estancia en el hotel le generaba un gasto al que en modo alguno podía hacer frente. Sin embargo no hizo amago de buscarse otro alojamiento, más en acorde con su esquilmado bolsillo.
Al cabo de un par de semanas tomó conciencia de que le urgía encontrar trabajo. Aunque lo tenía difícil: su progenitora la había educado para ser esposa, madre y por encima de todo señora mantenida. Careciendo de titulación que la acreditara cualificada para desempeñar una labor meritoria, sólo le quedaba la alternativa de emplearse como doméstica.
En vano peregrinó de casa en casa. Sus pretensiones de empleada de hogar se trocaron en frustraciones. De cuando en cuando su empeño en encontrar empleo se veía recompensado con promesas alentadoras, tras las que claramente subyacían proposiciones deshonestas: estaba dotada de una carga erótica que la hacía ser constante objeto de deseo. Poseía la sibilina cualidad de despertar ese instinto de cazador, inherente a todo macho, debido al cual la presa –"ser inferior"– se presta a ser abatida, disecada y colgada como trofeo, o bien domesticada y utilizada para goce personal.
Continuará...
© María José Rubiera
 


 
 
 

viernes, 5 de agosto de 2016

El estigma de Urd (cap. III)

Frida irrumpió en el concurrido compartimento.
Su precipitada incursión en el mismo captó la atención de los numerosos pasajeros. Pero una vez superado el instante de expectación, dejó de ser el centro de todas las miradas. Avanzó por el pasillo. Ocupó una de las escasas plazas que aún quedaban por ocupar y respiró aliviada: se sentía a salvo. Corría el riesgo de que en breve apareciese el revisor y la invitara a irse del compartimento, que en absoluto se correspondía con el indicado en su billete, pero se dijo que en caso de darse esa circunstancia se iría trasladando de compartimento en compartimento o en última estancia se apearía del tren: todo antes que volverse a encontrar a solas con el desconocido. Pegó el rostro al cristal de la ventanilla y escudriñó el tenebroso exterior: ya era noche cerrada. La lluvia, expresada al principio con timidez, se precipitaba ahora torrencial e impactaba sobre la metálica techumbre, azotándola sin piedad. El convoy continuaba impertérrito su recorrido, como si albergara la absoluta certeza de que en nada podría el temporal agredir su férrea  envergadura. Se estremeció y retirando el rostro de la ventanilla corrió la cortinilla de loneta beige: le aterraban las tormentas. Y no sólo las tormentas sino también la nocturna oscuridad.
Apenas si había abandonado la niñez cuando por vez primera había sido asaltada por aquella indefinible sensación, la cual le hacía sentir como si cada átomo que conformaba su delicada anatomía se manifestara de forma individual y le gritase cuán ínfima era. Nunca había podido encontrar argumento razonable que explicara tan irreverente temor. “¿Será porque la noche representa el resurgir del pensamiento transgresor, que al amparo de la oscuridad no teme ponerse de manifiesto…?”, pensó. De súbito, asaltándola por sorpresa, se proyectó en su mente la imagen del desconocido. Hubo de admitir que el hombre para nada se ajustaba al perfil del violador. Sin duda sólo era un donjuán que gustaba de enredarse en devaneos amorosos. De albergar otra oscura intención no la habría dejado irse por las buenas, no sin antes haberle infligido alguna bajeza.
Se reprochó sus infundados temores. Se vio actuando cual ñoña pusilánime, y las mejillas se le tiñeron de rubor. Aunque lo cierto es que nunca se le había dado oportunidad de librar lid con las incidencias mundanas: los suyos le habían solventado esa dificultad. Al parecer no estaban seguros de que ella pudiera salir airosa del enfrentamiento con esa escollera denominada existencia, donde los avatares se suceden sin darse respiro y las posibilidades de triunfar son limitadas, haciéndose imprescindible jugárselo todo a una sola moneda. Cara o cruz, anverso o reverso, blanco o negro: así de tajante es la vida. Y no era tan ingenua como para engañarse al respecto. Pero estaba dispuesta a no dejarse acobardar y demostrarse  que saldría adelante sin ayuda. Aunque la plena libertad le acarrease quebraderos de cabeza, ella, como cualquier individuo que se precie de ser persona, debía concederse la oportunidad de ser libre para evaluar si la libertad absoluta no sólo reporta inconvenientes sino que también goza de ventajas.
Pensó de nuevo en el desconocido. ¿Qué impresión le habría causado su timorato proceder? Debía de estar tan habituado a que las mujeres se rindieran ante sus encantos... ¡Qué apuesto y viril el muy canalla! De él emanaba un gran poder de seducción. Todo en él era puro magnetismo animal. ¡Qué grato dejarse seducir por semejante espécimen! “¡Pero ¿qué diantres me ocurre?! ¿Por qué razón tolero que ese individuo se cuele en mis pensamientos? ¡Un buen comienzo para tu pretendida libertad e independencia!”, se regañó. Agitó con fuerza la cabeza, como si el gesto le ayudara a diluir en los confines del olvido la seductora imagen del hombre. Los rubios cabellos se le desprendieron del moño, sujeto apenas por un par de horquillas, y se le desparramaron por el rostro aniñado. De pronto tomó conciencia de que no estaba sola en el compartimento. Temió que su incontrolado impulso fuese interpretado por los pasajeros como signo de desvarío. Echó un vistazo a su alrededor: la indiferencia era la tónica dominante; algunos viajeros dormitaban, otros se entretenían hojeando ciertas revistas de actualidad. Se dispuso a centrar su atención en la lectura de un libro, pero los caracteres bailaron ante sus somnolientos ojos. Abandonando la idea de leer se dejó acunar por el traqueteo del convoy que fiel a su cometido, ajeno a los conflictos que se fraguaban en la mente de los viajeros, continuaba su vertiginosa carrera.
Se sumió en un duermevela. En su agitado ensueño escenas premonitorias, anticipándose al futuro.
 
© María José Rubiera